Hiperproductividad: un asesino silencioso

María Thompson Conciencia emocional, Experiencias, Metodologías ágiles, Valores humanos 12 Comments

Es claro que la adopción de la agilidad tiene muchos grises. Por un lado hay personas y organizaciones que comprenden la filosofía necesaria para realizar una transformación, entendiendo que, como todo proceso, necesita tiempo y cuidado y en el otro extremo existen las que la usan como una manera de seguir alimentando luchas de poder y explotación de personas.

Me preocupa que, como individuos dentro del movimiento ágil, sostenidos por el lema de la productividad, acompañemos el deterioro sistemático de nuestras vidas.
La doble cara de la moneda me ayuda a reflexionar planteando algunas preguntas para pensar:

¿Estamos desde la agilidad ayudando al deterioro de la calidad de vida?
¿Somos cómplices de la auto-destrucción que genera la hiperproductividad?
¿Puede ser que el trabajo humano, que inicialmente ha sido motor de cambio y transformaciones se haya transformado en auto-destrucción?
¿Ocultamos detrás de la agilidad el señuelo que nos impide ver claramente lo sometidos que estamos ante la necesidad, para algunos casi vital, de producir más?
¿Podemos darnos cuenta que nuestras emociones no nos importan, que muchas veces no las registramos, que nuestros cuerpos están enfermos y cansados de tanto trabajar?

Mi puerta de entrada para conocer el mundo laboral corporativo y a la comprensión de la palabra hiperproductividad fue la agilidad. A través de las reuniones mensuales de la comunidad ágil conocí personas que trabajaban a diario en esos ámbitos.
Poco a poco, pude entender esa sensación de: haber hecho cosas, comenzar y terminar proyectos y estar todo el tiempo alertas en la creación de nuevas formas de trabajar “mejor”. A la vez, escuchaba a esas mismas personas quejarse de sus dolores corporales anestesiados por calmantes, sus angustias apaciguadas por otro excelente día productivo y sus relaciones deterioradas por las interminables jornadas.

Lo que he notado con el tiempo es que es muy difícil, para una persona que está metida en una rueda de hiperproductividad, darse cuenta que ese contexto elegido está dañándola. Es casi como una adicción, una adicción que al ser valorada socialmente no es castigada ni reprimida. Todo lo contrario, es alentada y festejada.
Mi intención es que nos cuestionemos juntos los modos que propician los elementos que considero nocivos de la hiperproductividad.
Voy a enumerar estos elementos:

  • Ocultar o desplazar emociones, sensaciones y angustias
  • No ser conscientes de que somos adictos
  • Relegar el presente por estar mirando al futuro
  • Dejar de disfrutar los momentos simples de la vida
  • Sentirse poderoso e irritado con otros porque no siguen el mismo ritmo
  • Ocultar angustias

Sobre la salud

Vamos caminando rápido porque llegamos tarde a una reunión, vemos un accidente en la calle, alguien muere, podemos detenernos unos minutos, pero nuestra mente enseguida nos recuerda que estamos llegando tarde, que este nuevo estímulo tendrá que ser procesado después (o nunca).
Es posible que luego de nuestra reunión o cuando lleguemos a nuestra casa comentemos el episodio del accidente. Pero ¿Qué emociones tuvimos? ¿Qué le pasó a nuestro cuerpo?. Hay muchas descripciones realizadas por especialistas sobre lo que le sucede a nuestro cuerpos en una situación de estrés. Personalmente me gusta la realizada por el Dr. Rosetti, Daniel López, en su libro “Estres, epidemia del siglo XXI, como entenderlo, entenderse y vencerlo”: “Se entiende por estrés aquella situación en la cual las demandas externas (sociales) o las demandas internas (psicológicas) superan nuestra capacidad de respuesta. Se provoca así una alarma orgánica que actúa sobre los sistemas nervioso, cardiovascular, endocrino e inmunológico, produciendo un desequilibrio psicofísico y la consiguiente aparición de la enfermedad”.

Cuando leí esta descripción por primera vez, no me di cuenta de la profundidad del mensaje. De cómo nos afectan las demandas internas como externas, de cómo esa danza intangible, devela nuestros profundos miedos y no es simple que podamos ver aquello que nos genera, produce e instala.

Testimonio de Fernando Claverino

“Mi nueva comprensión de la salud

Empecé a tomar conciencia del cuerpo luego de un prolongado invierno de tres años. Hasta ese entonces entendía la vida como la búsqueda de momentos de felicidad que se suceden unos tras otros. Vivía buscando las mitades positivas y evitando las negativas. En aquellos años me tocó despedirme de mi papá, dar un paso al costado en Banquito (la cooperativa que armamos con unos amigos) y acompañar a mi perro en una enfermedad que lo desmejoraba lentamente. Y en el momento que me tocó tomar una decisión difícil por él, también despedí a mi abuela.

Nunca había estado tan mal y durante tanto tiempo. Durante más de 1 año tuve dolores y contracturas que me inmovilizaban. Sentía el cuerpo frío y no lograba calentarlo casi nunca. En ese entonces, fui a ver a un amigo, un maestro de esos que tuve la suerte de conocer y me contó una historia:

“Estaban el sabio y el aprendiz mirando hacia el horizonte bajo el cielo estrellado. El aprendiz le pregunta:
Sifu (maestro), ¿A qué distancia están las estrellas?
El maestro, después de un larga pausa le responde:
Lejos, muy lejos.
Luego de un silencio aún más prolongado, el aprendiz dice:
O sea que para ver lejos, hace falta oscuridad.”

En ese largo invierno descubrí que el cuerpo no está separado de la emociones. Que las contracturas que tenía en la espalda eran un mecanismo compensatorio y se debían a que los músculos antagónicos, los del pecho, estaban contracturados. Que angustia quiere decir angosto y que mi cuerpo lo estaba manifestando de muchas maneras.

Probé de todo: yoga, meditación, terapia postural, reiki, natación, bici, magia, canto, medicina china y osteopatía.

Quería descubrir esa conexión entre el cuerpo y las emociones, me parecía que esa sería la llave para destrabar lo que me pasaba. Entonces un día le pregunté a mi médico chino, donde puedo aprender sobre esta relación, quiero entender lo que me está pasando. Así fue que me recomendó un libro de medicina china. Encontré en este libro una fuente de saber tan vasto, simple y profundo a la vez, que a medida que iba aprendiendo quería aprender más. Así fue que también estudié digito puntura en el Instituto de Medicina Tradicional China y conocí el chi kung como práctica para mantener la salud.

En la medicina china, la salud es la capacidad de un organismo para responder adecuadamente a una amplia gama de desafíos de forma que se garantice el mantenimiento del equilibrio y de la integridad. La enfermedad representa un fallo en la adaptación al desafío, una alteración del equilibrio general.

El origen de la enfermedad es cualquier desafío para el cuerpo que este sea incapaz de enfrentar, ya sea una sustancia dañina o un sentimiento negativo.

Para occidente, el origen de la enfermedad está fuera del cuerpo en forma de germen (en el siglo XIX las investigaciones de Pasteur fueron la base de la doctrina de causa específica). Las consecuencias de este modelo de medicina es que solo se puede arreglar lo que está roto, reemplazar las partes deterioradas. Un modelo que permite eliminar lo malo, pero no contempla mecanismos para discernir o favorecer lo bueno.

Creo necesitamos de las dos cosas, con igual intensidad. Hoy entiendo que favorecer lo bueno para mi es: caminar y hacer chi kung todos los días; comer sano: darme tiempo de preparar la comida y disfrutarla. Dormir bien, descansar, darle tiempo al sistema parasimpático (el que hace las funciones de reparación y mantenimiento) para que actúe, pasar tiempo de calidad con Sole (mi novia), pasar tiempo en la naturaleza.

Y estoy empezando a notar que esto entra un poco en conflicto con trabajar 40 horas semanales. Hice el experimento y me tomé 1 semana de vacaciones para hacer todas esas cosas que hacen bien, a mi ritmo. El primer día solo me quedaron 2 horas libres para trabajar. Los demás, que ya tenía todo más aceitado, me quedaron unas 4 horas para trabajar.

Para mi (seguramente es distinto para otras personas), está nueva mirada entra en conflicto con trabajar en organizaciones que tienen objetivos ambiciosos, salir a producción lo antes posible y asimilar grandes cantidades de información. Es un conflicto que todavía estoy viendo como resolver, porque me gusta mucho hacer software.

Pero… ¿Cómo resolverlo? Creo que podemos encontrar pistas escuchando al cuerpo y que María puede ser una gran maestra para todos lo que recién estamos empezando a hacerlo.”

La salud no es falta de enfermedad, es el conjunto de elecciones que hacemos diariamente: lo que comemos, cómo nos vestimos, dónde trabajamos, dónde vivimos, qué hacemos o dejamos de hacer con nuestro cuerpo, las pequeñas decisiones instantáneas, a las cuales ya ni siquiera prestamos atención.
Cuando pienso en salud, pienso en conciencia, en entender y explorar qué le pasa a nuestro cuerpo. ¿Cómo podemos hacerlo si el trabajo mental frente a una computadora ocupa la mayor parte de nuestro día?
Rescato el conflicto que trae Fer en su testimonio, sobre todo porque es un conflicto estructural-vivencial. Si mi trabajo, ese que elegi y me gusta, es sentado y bastante quieto 8 horas al día ¿Cómo hago espacio a la escucha consciente de mi cuerpo?

Es por eso que quiero hablar de las personas que nos rodean.

Sobre las relaciones

La interrelación con las personas con las cuales elijo compartir la vida son parte fundamental de mi día a día. Son el agua con la que riego mis raíces y el sol de mis hojas verdes y frondosas.
Cada uno de esos vínculos tiene sus tiempos, sutilezas y principios. Mi acercamiento a las relaciones es: generar espacios con cada vínculo, elegir el cuidado mutuo, mostrarnos vulnerables y acompañarnos en los caminos que cada uno elige transitar sin emitir juicios descalificantes. Llevar esto adelante conlleva tiempo y energía.
Y cada tanto reviso este proceso ¿Cuánto tiempo estoy dedicando a mis vínculos? ¿Qué estoy diciendo, qué estoy callando? Si voy a dar una opinión ¿Es el momento oportuno? ¿Considero si el otro puede escucharme? ¿Cuales son mis necesidades?
Tomarse estos tiempos y espacios para reflexionar va, desde mi punto de vista, en contra de el proceso hiperproductivo.
¿Qué posibilidad hay de pensar en mis vínculos si casi nunca estoy presente? ¿Puedo realmente escuchar al otro, si mi mente está pensando en el futuro? ¿Quienes son las personas con las que paso más tiempo? ¿Construyo con ellas vínculos amorosos y no transaccionales?
Esta última pregunta fue muy fuerte cuando, hace algunos años, una amiga me preguntó: tus vínculos ¿son transacciones? Fue tan enorme la pregunta que me dejó pensando durante semanas. Y todavía sigo en el proceso reflexivo.
Más allá del tiempo compartido con personas que elegimos, también elegimos el espacio comunitario, que es un lugar para el desarrollo profesional pero también de encuentro con amigos y compañeros de ruta.
¿Que parte de los cuidados de los otros nos toca como parte de una comunidad?
Al ser parte del AOC, noté lo poco que nos cuidamos mutuamente. El evento es increíble; todas las conversaciones poderosas; las emociones surgen y están a flor de piel. ¿Pero qué pasa con aquel que lloró un domingo en Bariloche y empezó a trabajar en un contexto totalmente distinto el lunes a las 9:00? ¿Estamos como comunidad preparados para abrir puertas al interior de las personas? ¿Sabemos cuidarnos después de eso? ¿Nos damos cuenta que los procesos de trabajo personal requieren de tiempo y calma?

Testimonio de Marta Bendomir

Siempre supe que necesitaba una comunidad para vivir. Desde chica, esa era una intuición muy fuerte, así que la seguí. Andaba siempre rodeada de gente. Cuando tuve una familia, tuve cinco hijos y un millón de amigos que entraban y salían de mi casa, todo el tiempo. Me mezclé y entremezclé con gente de todo tipo intentando llevar adelante proyectos que “hicieran la diferencia”.
Desde afuera todo se veía bastante bien.
Solo que dentro mío, yo seguía sola y desconectada, entusiasmando gente, “siendo el motor”, enojándome cuando no íbamos hacia ningún lado o cuando los demás no “se daban cuenta” de situaciones que para mi eran “obvias”.
Estaba tan metida en “mis ideas” sobre lo que podía suceder, que no podía percibir el mundo que tenía delante de los ojos.
No lo sabía, pero me había saltado algunos pasos, entre los cuales estaba la conexión conmigo y con el resto de las personas.
De todos modos, la gente a mi alrededor parecía contenta, porque yo era una especie de máquina solucionadora de problemas a la que cualquiera podía recurrir.
En el trabajo la historia se repetía.
Mi modus operandi era “empujar”, metiendo presión y presionándome.
Con el tiempo empecé a llegar a mi casa de un humor terrible. A veces necesitaba quedarme un tiempo a solas, antes de volver a tomar contacto con un “ser humano”, que en general eran mis hijos.
Pero era un círculo vicioso sin salida. Las demandas de mi mundo personal invadían el espacio de trabajo y mi mundo del trabajo invadía mi vida personal. Así que me sentía permanentemente tironeada.
Vivía con culpa, en medio de un constante sobresalto, desafiando mi capacidad de hacer multitasking y enorgulleciéndome de poder resolver todo y de estar en todos lados al mismo tiempo.
A los cuarenta estaba triste, frustrada, divorciada, y me sentía completamente sola.
Me pasó eso que llaman “tocar fondo”, que desde mi experiencia es lo único que te permite volver a empezar. ¿Por qué todo estaba mal si yo estaba haciendo todo bien?
Tuve que poner de lado mi orgullo en primer lugar, y todos mis títulos de filosofía, psicología educación y demás. Era algo como “en casa de herrero cuchillo de palo”. Yo podía ayudar a muchos, pero no me podía ayudar a mi misma.
El recorrido desde ese lugar hasta la libertad, que hoy conquisto día a día, exigió en primer lugar, que aceptara que mi vida se había vuelto ingobernable y que necesitaba salir del laberinto de autoexigencia y perfeccionismo que me había construido, y que me dejaba en un lugar de profunda soledad.
No lo hice sola.
Tuve que pedir ayuda.
No a una persona, a muchas. Mendigué la humanidad que había perdido de manos generosas y simples que me acompañaron gratuita e incondicionalmente. De repente todas mis virtudes se convirtieron en defectos y tuve que recomenzar como un chico que aprende a caminar.
Aprendí tres cosas muy importantes que les quiero compartir:
Lo primero y lo más doloroso, es que durante todos esos años yo había estado “ausente”.
Hoy puedo contarles que mis hijos me hablan de cosas que sucedieron de las que yo “no tengo ningún recuerdo”. Claramente estaba mi cuerpo, pero yo, no estaba ahí.
Lo segundo, a sentir, porque no tardé demasiado en descubrir, que había “congelado” mis emociones. Podía percibir dos estados: “bien” o “mal” y en realidad no podía describir demasiado de qué se trataban.
Y en tercer lugar aprendí a apropiarme de mis decisiones y mi libertad entendiendo (con mucho esfuerzo) que “tengo que” no era lo mismo que “quiero”.
Sentía que tenía que aprender todo de nuevo.
Y con ayuda, eso fue lo que hice. Y con esos cambios, no todo el mundo fue feliz.
La persona ausente que resolvía problemas tenía más marketing que la nueva que escuchaba, decidía y ponía límites.
Sin embargo las personas a mi alrededor cobraron una forma nueva. Había algo que me estaban diciendo y escucharlas no era un trámite, era parte de la vida, de mi vida.
El proceso dio lugar a relaciones más verdaderas y la confianza empezó a ocupar el lugar del miedo.
No sé cuántas veces a partir de ese momento cambié, y seguí cambiando, cuántas cosas sabidas solté para que llegarán otras nuevas.
Me quedé con muy pocas cosas en la mochila; dos esenciales: aprender y agradecer.”

¿Cuántas veces a las relaciones les ponemos un “tengo que”? ¿Cuáles son los agujeros que podemos observar en nuestras relaciones? ¿Los necesitamos? ¿Me encuentro insatisfecha con lo que hago la mayor parte del tiempo?
A veces cuando nos planteamos estos temas surge preguntarnos por dónde empezar, porque es demasiado replantearse todas las relaciones de un día para el otro.
Mi experiencia me dice que es un proceso, que podemos hacerlo de a poco, y que está bueno empezar por algún lugar.
Quizás evaluar la relación con un amigo, ver que nos sucede al hacerlo, encontrar en una relación espacios que sean de dar-y-recibir y no solo de dar-ó-recibir.
Quizás a veces simplemente hay que salir afuera y cerrar la puerta.

Sobre nosotros mismos

El proceso de autoconocimiento es de por sí un camino de vida; es el proceso y no el fin el que nos acompaña para elegir ser lo que somos.
En cada momento, en cada elección está nuestra huella.
Cuando se trata de vernos a nosotros mismos, acallar las voces interiores puede servir para que aparezca el vacío necesario para entendernos y escucharnos.

Testimonio de Rodrigo Monelos

“Desde el momento en que recibió la invitación, Rodrigo Monelos consideró dar su testimonio y bosquejó dos veces lo que sería su texto. Antes de eso, antes de pensar sobre el contenido, se le ocurrió que sería irónico si la invitación tenía un deadline ambicioso. Así era.
Le tomó algo más de una semana hacerle caso a una sensación que recorría su cuerpo. Esa sensación, creyó, decía que escribir​ ese artículo que estaba pensando no era lo suyo en ese momento.
Siguiendo la pista, descubrió que detrás de su dificultad para hacer caso a esa intuición, estaba una vieja conocida: la costumbre de “lograr” cosas, y cumplir. Creyó ver también, como motores de la expectativa que le dificultaba hacer lo que su cuerpo le decía que era correcto, a la imagen que tiene de sí mismo y a la imagen que cree que las demás personas tienen de él.
Hizo silencio en el lenguaje de lograr, y en el mismo acto de aceptación había escrito su artículo.
Luego sonrió, y un poco, lloró.”

Y para terminar…

Nuestro niño interior se muestra con todas sus facciones, el juego es simple, la vida misma, la complejidad se la damos nosotros.
Escribir este capítulo fue para mí una tarea enorme, con un montón de cuestionamientos a las palabras utilizadas, ya que para mi las mismas son parte del juego que nos ayuda a seguir y argumentar la hiperproductividad.

Entonces la invitación es simple: es a hacer, a probar y a equivocarse, a restringir las voces de nuestra mente, entregándonos a la reflexión más corporal que oral, más física que mental.
Para mi no hay recetas. Si hay personas que me ayudan día a día al encuentro, a las cuales escucho y comparto, pero en el fuero íntimo, estamos solos con nosotros mismos.

Con respecto a la agilidad, ¿qué decir?: solo que los quiero, que cada uno da desde el lugar que puede y le toca. Que somos una comunidad con muchas cosas para compartir, destacar y admirar, es por eso que espero que este capítulo sea una especie de puntapié para seguir hablando dos temas que me importan: las relaciones entre las personas y los cuidados.

Comments 12

  1. Muy bueno Maria, tendemos a absolutizar las formas de trabajo sin tener en cuenta que no es todo de una forma o todo de otra, sino a veces de una y a veces de otra.
    Ningún sistema o método de trabajo puede reemplazar la humanidad que tenemos implicita en nuestro ser
    Somos humanos (hombres y mujeres) no maquinarias en un método.
    Ese es un valor agregado enorme no hay que perderlo nunca.
    Te mando un beso

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  2. Leer esto me hace muy bien, me hizo pensar que somos varios los que pensamos en el mismo sentido. Día a día pienso por que tengo esa cantidad de horas que cumplir (aunque productivamente no sea tan así), día a día me pregunto por que hay tantos horarios impuestos o por que mis hijos tienen que levantarse super temprano para cumplir un horario escolar….me pregunto por que de tan chicos enseñarles algo como eso, que justamente me hace ruido a mi de grande, en esta sociedad, en esta vida…. Y cuando estoy casi convencido que no me va a importar mas nada este tipo de cosas, que me voy a desenchufar por completo, me acuerdo que tengo una familia que mantener, una casa que pagar, una organización que me da trabajo y respetar…..Entonces, después de todo esta batalla mental, concluyo que el equilibrio es un aprendizaje y que aún me faltan muchos pasos por dar.
    Gracias por escribir este post me pareció excelente!!!! Un beso grande!!!

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      Gracias Gabriel por tus comentarios. El equilibrio, linda y compleja palabra. Lo lindo es que tenemos muchos amigos con los cuales seguir pensando y cuestionándonos. Es mi deseo con este post que se generen preguntas.

      1. Hola Maria, quiero compartir el pensamiento y las preguntas que me llevan a pensar en equilibrio.

        Siguiendo lo que comenta Fer en tu post, me encuentro con que comparto totalmente el que uno tiene que priorizar su bienestar pero a su vez me pregunto…si esas dos horas de “trabajo productivo” no alcanzan económicamente (x ej) como hago para cuidarme? Esta pregunta me hace pensar en que hay todo un sistema que no esta del todo bien, un sistema que esta socialmente impuesto por muchos años y que dificulta el cambio que muchas veces uno quiere hacer con uno mismo. En relación a esto, muchas veces me pregunto:

        – Estoy bien con el ritmo de vida que llevo?
        – Si la respuesta anterior es no, entonces como cambio ese ritmo de vida?
        – Es mío ese ritmo, o es el sistema social en el que vivo el que me impulsa a vivir de esa manera?
        – Si es el sistema social, puedo salirme del mismo? Que consecuencias tiene?
        – Si tengo una familia, esta bien que salgamos todos del sistema? que implicancia tiene esto para un niño por ejemplo? Puedo salir únicamente yo del sistema?
        – Es necesario salir del sistema? Existe un intermedio (ni adentro ni afuera)?
        – Estoy depositando en el Sistema algo que esta dentro mío, que es mi problema?

        Son muchas preguntas, posiblemente con muchas respuestas. Espero no hacer ruido con este comentario, trato de aportar y compartir la forma en que me identifico con todo lo que relatan en el post.

        Gracias por el espacio!!!

    2. Hola Gaby!

      Gracias por escribir y compartir. De un amigo llamado Carlitos, un cura de barrio, aprendí que la libertad es una paradoja entre lo que quiero (mis deseos y emociones), lo que puedo (las posibilidades de estos tiempos) y lo que debo (las necesidades y emociones de los demás, el bien común).

      Necesitamos escuchar estas tres cosas, para ir siendo libres con otros. De él aprendí que ser libre no tiene tanto que ver con la falta total de restricciones (como creía antes), sino más bien es un ejercicio constante. Por esto este querido amigo dice que “vamos siendo libres discerniendo y decidiendo”.

      Algo que como muy bien decís, es un aprendizaje de todos los días.

      abrazo!!

      pd: estoy armando un borrador (más que borrador es una hoja en blanco, jaja) sobre magia y libertad donde me gustaría explorar estas ideas y otras más.

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  3. Mis sonrisas y abrazos, mis agradecimientos y reconocimiento para las amigas que escribieron y colaboraron en la creación de este artículo. Iluminadoras de un camino de búsqueda de equilibrio, balances, coherencia, integridad… más preguntas, menos respuestas. Menos preguntas, más sentir y sentirnos. Desconectarnos para conectarnos. Gracias María. Ojalá que, paradójicamente, este artículo *produzca* un mundo mejor en cada lector :)

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      Gracias a vos por tus comentarios, todo el proceso de escritura fue para mi un enorme aprendizaje. Creo que las palabras no alcanzan y que está bueno ver que pasa con las sutilezas. Seguimos la conversa, eso es lo que me motiva.

  4. Gran artículo María. GRACIAS!

    Sobre la preocupación de “¿Pero qué pasa con aquel que lloró un domingo en Bariloche y empezó a trabajar en un contexto totalmente distinto el lunes a las 9:00? ¿Estamos como comunidad preparados para abrir puertas al interior de las personas? ¿Sabemos cuidarnos después de eso? ¿Nos damos cuenta que los procesos de trabajo personal requieren de tiempo y calma?” … mi reflexión es que somos una comunidad adolescente. Con los impulsos, energía y belleza a flor de piel. Creo que estamos listos para abrirnos al interior de las personas, porque lo estamos explorando de forma natural… Sabemos cuidarnos? No, como la mayoría de los adolescentes, ni nos hemos preocupado mucho por eso. Estamos en riesgo, estamos creciendo. Gracias por estar mirándonos!

    ¿Preguntas que me surgen?
    ¿Cómo sería cuidarnos más, cuidar a los otros? ¿qué hábitos deberíamos incorporar como comunidad? ¿cuáles de los que tenemos van en contra de ese cuidado? ¿Cuáles ponen en riesgo este aprendizaje hacia el mundo interior que estamos teniendo?

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      Me parece genial la idea de que somos una comunidad adolescente. Hay mucho para pensar, seguir conversando y reflexionando. Con respecto a las preguntas que realizas, no se si hay respuestas concretan, si me surge la necesidad de ir probando, de ver que puede ser útil y que no. Ya, que estemos hablando y compartiendo ideas, a mi me resulta altamente imprescindible.

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